martes, 16 de junio de 2020

Ser madre en tiempos de COVID



Me levanté temprano, con el firme propósito de ser una buena madre. "Hoy sí lo logro" me decía. "Hoy no perderé la paciencia" me repetía una y otra vez al caminar hacia su cuarto.

Tomé el material Montessori que me dieron en su escuela, e intenté ponerme a trabajar con él. Observando sus intereses, a su ritmo, todo como me recomienda la guía de su escuela.

Nada funcionó. No se interesó en ninguna de las láminas ni en ninguna de las actividades.
Respiré hondo.

Saqué las crayolas y tomé un dibujo de animales de la selva. Tampoco. Se le rompió la crayola y comenzó a llorar.

¿Cómo es eso de la vida práctica? me pregunté. Pensé que hacer granola podría ser una actividad educativa y podríamos desayunar eso después. Podría ser divertido.

No tenía idea. La cría se negó a mezclar, revolver, o tan siquiera observar cómo se hace la granola. En lugar de eso, se puso a patalear, golpear y exigir que le prendiera la televisión.

Le prendí la televisión. Le di de desayunar cereal con leche.

¿Y yo? Yo me quedé observando la charola con granola en el horno. Con ganas de meter la cabeza dentro.

Soñando con el día que vuelvan a abrir las escuelas.




viernes, 16 de diciembre de 2016

Malamadre

Soy una malamadre.

Soy una malamadre porque hoy, después de dos paseos en el parque, una visita a los abuelos, hora y media de juego en el jardín con lodo y perro incluido; después de dos papillas preparadas por mí, después de dar pecho a libre demanda; después de ocho meses de no dejarlo llorar, hoy, simplemente no pude más y dejé a Matías en su tapete a que llorara. 

Había comido, había hecho siesta, había jugado y tenía el pañal limpio. Intenté cargarlo, jugar con él, darle pecho de nuevo y nada funcionó. 

Así que como una malamadre que soy, lo dejé en medio de sus juguetes y me puse a calentarme la comida.

Así que esta malamadre se calentó su rissotto, ralló una montaña de queso parmesano sobre éste y se sentó a la mesa, mientras Matías lloraba.

Soy una malamadre porque incluso me tomé una coca cola. 

Matías dejó de llorar aproximadamente a los cinco minutos de haberlo dejado, y se puso a jugar de manera tranquila en su tapete. 

Soy una malamadre porque incluso le tomé una fotografía, y no sólo eso, es la que estoy utilizando en esta entrada. Eso me hace una terrible madre porque no debería subir fotografías de mi hijo a redes sociales y mucho menos una dónde me estoy burlando de él. Malamadre. 

Soy una malamadre porque después de practicar colecho durante meses, después de muchas noches sin dormir (ni Matías ni nosotros) decidí armarle su cuna dentro de nuestro cuarto. Y contrariamente a lo que dictan las reglas de la crianza con apego, Matías durmió de manera profunda. Soy una malamadre porque ahora mi hijo duerme entre rejas, aprisionado, y lo peor, parece que le encanta. 

Soy una malamadre porque le preparo papillas, y eso, según las tendencias de alimentación actuales, es una forma de abuso infantil. Pero la cosa va más allá. En alguna emergencia he llegado a alimentarlo... con papillas de Gerber. 

Soy una malamadre porque trabajo. Y lo peor: me gusta trabajar. Disfruto el tiempo que dedico a mi trabajo. Y eso me hace una muy pero muy mala madre. 

Soy una malamadre porque aunque cargo todos los días religiosamente con mi sacaleche eléctrico a mi trabajo, a veces mi leche materna no es suficiente para saciar a mi hijo y a veces la niñera se ve forzada a darle... fórmula. Eso me deja fuera del exclusivo grupo de madres LME (lactancia materna exclusiva) y me convierte, por ende, en una malamadre. 

Soy malamadre en una sola palabra, con todas sus letras, porque cuando me preguntaron qué hacía cuando Matías se dormía, respondí que leer un libro o ver una serie, a diferencia de las otras madres que dijeron que se dedicaban a verlos dormir. 

Soy malamadre porque solamente lo llevo a natación una vez a la semana, y no lo llevo también a estimulación temprana, como me comentó una madre en la alberca a la que asistimos. 

Así que si como ella, te ves tentado a juzgarme y decirme que soy una malamadre, no te preocupes, yo ya lo he asumido; y en el momento que lo he hecho y he aceptado que no soy perfecta, se me ha quitado un peso de encima. 

¡Salud! Brindemos por todas las malasmadres del mundo. Yo brindaré con un chupito de ron cubano, el mismo ron que acabo de utilizar para calmar el dolor de encías de Matías. ¡Salud!

Como ven, soy una muy malamadre. 




jueves, 23 de junio de 2016

A palabras necias...

Hay un fenómeno muy interesante que ocurre después de que tienes un hijo.
TODO el mundo se vuelve experto en maternidad, crianza y lactancia.
TODO el mundo se siente con la capacidad de aconsejarte, instruirte, criticarte, ya que, evidentemente, todas y cada una de las decisiones que estás tomando, son incorrectas. 

Los comentarios no vienen solamente de familia cercana, amigos o conocidos.
Oh no, Sir. 

Cualquier desconocido, incluso en la fila del banco, puede acercarse a ti con la mayor naturalidad y decirte que hace frío y no deberías traer a tu hijo "tan destapado".

El acoso llega a tal grado, que resulta imposible hacerle frente y lo único que te queda es sonreír y dar las gracias. Pero no sé confundan, detrás de esa sonrisa congelada, hay muchas cosas por decir...

A la señora que se le ocurrió decirme que ir a trabajar es igual de pesado que cuidar a un recién nacido simplemente me hubiera gustado hacerle unas cuantas preguntas, y ella solita se habría dado cuenta de la tontería que acababa de decir. 

Pregunta #1: ¿En su trabajo se le permite ir al baño?
Pregunta #2: ¿En su trabajo se le permite comer?

Creo que las únicas personas que responden NO a ambas preguntas son los trabajadores de las maquiladoras en China o las madres de recién nacidos.

Al amigo de la infancia que mencionó "en tono de broma" que la incapacidad por maternidad eran vacaciones con todo pagado: no sé a qué tipo de vacaciones estés acostumbrado. Porque si me voy de fiesta y paso la noche sin dormir, lo mínimo que espero al día siguiente es que el vómito que descubra en mi cabello, sea el mío. 

A la madre que me dijo que mi hijo tenía cólicos porque le doy pecho a libre demanda y no con horarios estrictos, quizás sería bueno que aplicara su teoría en ella misma,  porque a juzgar por su físico, veo que ella si "come a todas horas y a libre demanda"

A la conocida sudorosa y ansiosa que afirmó que los padres actuales son exagerados y sobreprotectores ya que su mamá tomó alcohol y fumó durante su embarazo y lactancia, le daría la razón. Es EVIDENTE que su mamá tomó alcohol y fumó durante su embarazo. 

Al señor que me dijo que no tengo que besar tanto a mi hijo porque le puedo transmitir una enfermedad... No le diría nada. Él ya está muerto por dentro. 

Y sí. Seguramente voy a cometer muchos errores con mi hijo, le causaré muchos traumas que él ya se encargará de sanar con su terapeuta, al que le dirá que todos sus problemas son a causa de que no lo abrigué lo suficiente, le di pecho a libre demanda y lo besaba demasiado. 

Pero si me van a acusar con el psicoanalista de que soy la peor madre del mundo, quiero que sea por mis decisiones y no por las de alguien más. Así que ya saben, la próxima vez que me vean y me hagan un comentario sobre mi estilo de crianza, yo solamente les responderé... con una sonrisa. 

jueves, 19 de mayo de 2016

La cruda realidad

Puedo escribir estas líneas porque mi hijo Matías, de casi dos meses, por fin se quedó dormido.
Ayer cuando daba pecho a las 4 de la mañana, ¿o era ya más bien hoy? No estoy muy segura. Desde hace casi dos meses he perdido un poco la noción de los días y las horas. 
Pues bien, a las 4 de la mañana de algún día, pensaba en una amiga que está embarazada, y en qué cosas le podría decir que me hubiera gustado que me dijeran a mí. 

Y la verdad, me hubiera gustado que me dijeran que la maternidad es dura, muy dura. 

No tiene nada que ver con el amor que sientes por tu hijo, no significa que no lo quieres; pero me parece increíble que muy pocas personas te hablen con la verdad.

Ni siquiera en los blogs en español hablan con honestidad. Solamente he encontrado algunas cuantas páginas inglesas y australianas hablan con la verdad. Y algunas españolas, las cuales se atreven a decir: "Joder, pero que duro es esto"
Porque al leer los blogs de maternidad y lactancia de América Latina, lo único que consigo es sentirme mal porque los hijos son ángeles caídos del cielo y nadie se queja. Todo en la maternidad es una bendición y un regalo de dios. Todo es un mensaje de la creación. Es más, buscando un tutorial para aprender a amarrarme un fular, solamente encontré videos del tipo: "Amarra el lado derecho siguiendo la rosa de los vientos, haz un doble nudo siguiendo las enseñanzas de nuestros antepasados prehispánicos. Envuelve a tu hijo con la energía de la madre tierra" Y yo me quedo pensando: ¡Bitch, dime cómo hacer el nudo y ya!  

Yo tuve la suerte de tener la orientación de doula maravillosa y contar con el apoyo de las mujeres de mi curso psicoprofiláctico, las cuales si son mujeres reales. Mujeres que lloran, se quejan, se desesperan y de pronto dicen: "No puedo más". 
Además, tengo una amiga/asesora de lactancia, la cual me dio el mejor consejo que pude haber recibido: "Recuerda que todo es temporal. Va a pasar". Y tenía razón. Porque después de tener noches en las que me despertaba cada dos horas, ahora puedo dormir cinco horas seguidas. Porque el día que pude salir al parque con Matías en el fular, me sentí libre. Porque el día que me dejó de doler la herida de la cesárea, sentí que todo era más fácil. 

Porque cada día es una prueba. Y lo que me gustaría decirle a mi amiga embarazada, es que no le va a resultar fácil, y que eso está bien. Porque todas esas personas que dicen: "A mí todo me ha parecido un lecho  de rosas" están mintiendo y necesitan terapia. 

Porque primero está el parto. Yo pujé y pujé, y dilaté, y quería parto en agua y al final terminé en cesárea, y las miradas de reproche de las madres que tuvieron a sus hijos por parto natural no se hicieron esperar. Después viene la amamantada y todo el mundo piensa que es como en esas películas de Hallmark, la madre con una bata de seda impecable, con la mirada en el retoño, y el niño comiendo plácidamente. 
No, no hay nada más lejos de eso. 
Porque yo tuve suerte y nunca me dolió amamantar. Pero a muchas mujeres que conozco, mujeres que están convencidas que es bueno alimentar a tu hijo con leche materna, muchas de ellas sufrieron. Pezones sangrantes, bebés que no paran de llorar, dolor de espalda, etc. ¿Y quién soy yo para juzgarlas? Nadie. Porque si algo le quisiera decir a a mi amiga embarazada, es que esté preparada porque nunca en su vida se va a sentir tan juzgada como en el papel de madre, y lo que es peor, se verá juzgada en su mayoría por otras mujeres. 

¿Hasta cuándo le piensas dar pecho? ¿Lo vas a meter tan chiquito a la guardería? ¿Todavía duerme con ustedes? ¿No crees que debería ir acostumbrándose a su cuna? ¿Otra vez quiere comer, no crees que deberías dejarlo llorar? 

En fin, yo prefiero la verdad. Y para mí, la verdad es que tener un hijo es una experiencia maravillosamente agotadora e intensa. Y que me queje y diga las cosas como son, no me hace menos madre, ni menos mujer, ni me hace querer menos a mi hijo. 

Algunas amigas fueron honestas y les estoy eternamente agradecida. Amigas que fueron valientes para decir en voz alta: "A mí la depresión postparto se me quitó el día que volví a trabajar". Amigas que aman a sus hijas pero que dicen: "Yo no volvería a tener otro". Y todas ellas son madres que tuvieron parto humanizado y amamantaron por más de dos años. 

Así que ya es tiempo de quitarnos la culpa. Y aprender a decir en voz alta: amo profundamente a mi hijo pero a veces estoy inmensamente agotada. Amo a mi hijo pero también soy una persona, no solamente soy madre. 


lunes, 9 de mayo de 2016

Puerperio o mi repentina obsesión con Anne Hathaway

Matías nació el 25 de marzo del 2016.
Un día después de que naciera Jonathan Rosebanks Shulman, el hijo de Anne Hathaway. 

El puerperio puede ser una etapa  muy extraña, llena de intensos cambios hormonales, subidas y bajadas de humor tan repentinos, que incluso puedes llegar a pensar que estás... loca. 

Y es que no es para menos, la situación ES como para volverse loca.
Imaginen llevar días sin haber dormido más de dos horas consecutivas, tener los pies hinchados parecidos a los de un hobbit, el camisón mojado a causa del calostro que les chorrea, verse forzados a usar pañales de adulto ya que las toallas femeninas no alcanzan a contener el flujo postparto, mirarse frente al espejo y observar un estómago tan excesivamente inflamado, que llegan a dudar si es que el doctor no se habría olvidado de sacarles un segundo bebé de la panza. 

Al amamantar a mi hijo a las cuatro de la mañana, un pensamiento se instaló en mi cabeza. No sé si surgió después de haberme perdido en los ojos negros del Señor Cara de Papa o si me hipnotizaron las figuras del movil de la cuna, pero en ese momento, una idea obsesiva se apoderó de mí. La idea de que Anne Hathaway estaba pasando por lo mismo que yo en ese preciso instante. Al haber parido con tan sólo un día de diferencia, ella y yo estábamos conectadas de una extraña manera. 

Cuando Matías hizo una diarrea tan explosiva que el pecho me quedó cubierto de meconio, no podía evitar pensar ¿a ella también le habrá ocurrido lo mismo? Al cambiarle el trajecito por cuarta vez en un lapso de dos horas ya que se había orinado de pies a cabeza, imaginaba si ella tendría un asistente que le eligiera la ropa del bebé. Cuando Matías se llenó de ronchas sin razón aparente y me puse a googlear en BabyCenter a las doce de la noche, reflexioné: Seguramente Anne no tiene que hacer esto. Ella debe tener una enfermera disponible las 24 horas. Cuando me bajó la leche, los pechos se me pusieron calientes y tan duros como dos balones de futból. La única cosa que logró desinflamarlos y calmar el dolor fueron las hojas de col. Así que mientras me miraba al espejo, semidesnuda, con las hojas moradas tapándome los pezones, imaginaba si es que Anne habría mandando a su marido a comprar una col de emergencia a Trader Joe´s, como yo había mandado al mío a comprar a Superama. 

Pero ¿por qué esta obsesión con ella? No es ni de lejos una de mis actrices favoritas y la única vez que la vi fue en el parque de Green Point, cerca de mi casa en Brooklyn. Paseaba a mi perro y de pronto vi una chica muy linda, sin una gota de maquillaje, la cual también paseaba a su perro. Al pasar a mi lado, me di cuenta de que era la famosa actriz. Obviamente, a la más pura usanza neoyorkina, fingí no estar sorprendida y seguí caminando de frente. Obviamente, al instante que la perdí de vista, le llamé a una amiga para platicarle mi encuentro. 

Así que la única explicación que me queda, es que el puerperio es una etapa extraña. Y que por lo menos no me obsesioné con Andrea Legarreta o Ninel Conde. 

¿Cómo terminó mi obsesión? De manera muy simple. Un día el baby blues se apoderó de mí. Lloraba sin sentido, me sentía exhausta y pensaba que no era justo que Anne tuviera tanta ayuda, incluso un chef especializado en dieta postparto. L único que me hizo sentir bien fue una serie de videos de YouTube que me puso mi marido donde la gente se cae de las maneras más estúpidas. La desgracia ajena siempre causa consuelo. 

Y al otro día, amanecí mejor. Y en mi teléfono, vi una nota de "la primer aparición pública de Anne Hathaway después del nacimiento de su hijo". 
No estaba en NY sino en Los Ángeles. Y se veía regia. Descansada. Bañada. Bien comida. Vistiendo un jumpsuit de diseñador. 

Y me di cuenta de que ella y yo no teníamos nada en común. Es distinto ser una madre real a una madre de revista. Y es que cada día tiene un nuevo reto, y cuando crees que ya tienes todo dominado, aparece uno nuevo que te mueve todo el panorama. 
Pero  cada día, también tiene pequeños logros, como el del día de hoy, que por fin pude tener unos minutos para escribir mi blog.

¿Y el parto? bueno, eso amerita otra entrada y un lector con buen estómago para ser capaz de leerla. 



viernes, 22 de enero de 2016

Semana 20. El IMSS o El Día de la Marmota


Dicen que la primera impresión es la más importante y eso es lo que me pasa cada vez que mi Doctora me recibe. Cada vez, es como si fuera la primera vez que me ve. Siempre pregunta: ¿Es tu primer embarazo? ¿Ya habías venido a chequeo? ¿Esa cicatriz es porque te operaron del apéndice?. 
Debo decir que mis parlamentos cada vez me salen mejor: "Si, es mi primer embarazo" "Si, me operaron del apéndice hace tres años".

Ella se queda muy complacida en cada ocasión y yo salgo y le doy las gracias a su secretaria Karlita, la cual siempre está comiendo un pelón pelo rico, o alguna otra golosina. Yo le sonrío y le digo "Que tengas linda semana". Porque he aprendido que en el IMSS, no hay nadie más importante que las secretarias y las enfermeras. 

Como cometí la osadía de embarazarme después de los 35 años, formo parte del protocolo de "embarazo de alto riesgo" y me asignaron infinidad de citas con múltiples especialistas, y ahí voy, de un consultorio a otro, sonriéndole a las secretarias y a las enfermeras. Todo el día sonrío y hago buena cara aunque no tenga ganas. 

También me dijeron que en el IMSS nadie te dice nada y no debes preguntar nada; solamente seguir los horarios que dicta tu tarjetón. Y fue así llegué a la oficina del dentista, y cuando menos me di cuenta, estaba en medio de una escena de Sweeny Todd. Sangre botaba de mi boca y el dentista seguía hurgando en mi boca con un instrumento de tortura. Él dice que me hizo una limpieza. Yo digo que está loco si piensa que voy a regresar a mi siguiente cita. 

Hay infinidad de personajes, como la viejita de Trabajo Social, la cual me preguntó si ya tenía método anticonceptivo para utilizar después de nacido mi hijo. Cuando le dije que mi marido y yo nos habíamos decidido por la vasectomía, casi le da un infarto. Cuando se recuperó de la impresión, me dijo que a los hombres no les gustaba ese método porque les quitaba su virilidad, que porque mejor no me operaba yo. Yo sonreí. 

En cambio, el chico que pone las vacunas, es amabilísimo,  y muy  glamoroso. Me puso mis vacunas mientras yo observaba los tatuajes de sus dedos, los cuales formaban la palabra LOVE. 

El IMSS es sinónimo de filas. Filas para la Farmacia. Fila para los análisis. Fila para ver al Jefe de Piso. Filas, filas y más filas. 

Y cada vez que llego a hacer fila, las personas me observan como bicho raro. Soy "la anciana embarazada". La Señora Santa Ana. Y es que si miro a mi alrededor, a las únicas embarazadas que veo son adolescentes. Chicas de no más de 18 años, algunas que parecen de quince, todas con sus estómagos prominentes. Al verlas pienso que urge una campaña masiva de entrega de condones, y estoy perdida en esa reflexión, cuando Mago, la enfermera que me asignaron pronuncia mi nombre para que pase a consulta y me recibe diciendo: "Ay que cansada estoy y apenas son las 10 de la mañana. Me urge irme a desayunar". 

Yo sonrío, simplemente sonrío y luego suspiro. Todavía me faltan tres consultas el día de hoy. 

martes, 15 de diciembre de 2015

Semana 14. Las Mafias de Mamás. Parte II


Obviamente, las represalias de la Mafia Natural no tardaron en llegar...

Después de escribir la entrada pasada, mientras paseaba a mi perro, la rama de un árbol estuvo a punto de golpearme en la cabeza de manera fatal. Esta Mafia falló por treinta segundos y unos cuantos centímetros, y el pesado tronco fue a caer en el cristal trasero de un auto estacionado, haciéndolo añicos.

No puedo evitar pensar: ¿Si de esto es capaz un grupo de madres hippies de qué no será capaz la siguiente Mafia?

El grupo del que hablaré el día de hoy cuenta con muchos recursos económicos y lo único que me deja tranquila es que piensen que no represento peligro alguno para su organización. Mi blog no aparece ni en el suplemento Club ni en la revista Quién. No pertenezco a su círculo lo que significa que para ellas soy invisible.

Me refiero a la "Mafia de las Niñas Bien de Toda la Vida" y a diferencia de la Mafia Natural, ellas no intentan convencerte de su filosofía, al contrario, es un grupo muy exclusivo al cual es muy difícil tener acceso ya que no solamente basta con tener dinero; no, nuevas ricas no se confundan. Si creen que una bolsa Louis Vuitton y comer en los mismos restaurantes puede asegurarles la inclusión a estas células, están muy equivocadas. Es necesario haber sido su amiga "de toda la vida" y pertenecer a una familia bien y rica "de toda la vida".

¿Qué las distingue? Bueno, para ellas, la maternidad es algo que se da por hecho. Como el matrimonio. O el club. O la misa del domingo. O el dinero.

En el mismo instante en que se enteran que están embarazadas, ellas programan su cesárea. No quieren tener nada que ver con el sufrimiento y si es posible ir agendando la cirugía de boobies y liposucción para después del nacimiento, mucho mejor.

Amamantar está completamente fuera de la discusión ¿en qué año estamos? Para eso existe la fórmula y las mamilas.  Siguen realizando sus rutinas deportivas en el gimnasio hasta días antes de su cesárea programada. De hecho, si las miras de espalda, es muy probable que aunque se encuentren en el noveno mes de su embarazo ¡la panza ni siquiera se les note! Son muy estrictas con su alimentación y siempre las verás con el cabello y las uñas impecables.

"Dan a luz" en el hospital de moda, que no es necesariamente el mejor pero si el más caro.

Tienen una empleada doméstica, a veces una por cada niño, la cual es siempre morena y de rasgos indígenas. Ellas dicen que las tratan muy bien, siguiendo los preceptos del colegio católico al que asistieron e incluso llegan al colmo de la bondad cuando las llevan de vacaciones con toda la familia. Obviamente, es la familia la que disfruta las vacaciones, la chica va a trabajar cuidando a los niños para que esta madre pueda descansar de su agotadora rutina.

Respecto a los viajes, ellas no solamente llevan a la empleada doméstica a la playa o a Tapalpa, no. Su caridad cristiana tiene límites insospechados. Son capaces de pagarle la visa a Estados Unidos para llevarla a cuidar a los niños cuando van a Disneyland.

Conozco a una madre tan buena, la cual se iba a vivir a los Estados Unidos, que cuando el Consulado les negó la Visa a sus dos empleadas domésticas, ella no dudó un minuto y pagó los gastos del Coyote para que pasara a las chicas al país vecino de manera ilegal. Lamentablemente la historia no terminó tan bien, ya que esta pobre madre tuvo que cuidar ella misma a sus propios hijos mientras las chicas realizaban el penoso trayecto al otro lado y no solamente eso... cuando por fin llegaron estaban en muy malas condiciones de salud ¡y ella misma tuvo que cuidarlas! Después se negaron a trabajar gratis para cubrir los gastos del Coyote y escaparon de la casa. Pobre madre.

................................................................................................................................................................
................................................................................................................................................................

Tuve que salir corriendo de la oficina. Un temblor sacudió la Ciudad de Guadalajara. Debo irme, parece que esta Mafia es mucho más poderosa de lo que anticipé.







miércoles, 9 de diciembre de 2015

Semana 13. Las Mafias de Mamás. Parte I

Estoy consciente de que me arriesgo al hablar de estos grupos.
Estoy consciente de que no solamente pongo en peligro mi integridad como persona, sino la de las personas que me rodean. Pero como Edward Snowden, no puedo tener esta información en mis manos y no hacerla pública. 

Es mi deber como ciudadana y siento que es mi misión advertirle a otras futuras madres sobre el modus operandi de estas grupos, para que tomen precauciones y estén preparadas. 

Quizás, para ellas no sea demasiado tarde...

El primer grupo cerrado al que me voy a referir, es quizás el más peligroso. 
Me refiero a "La Mafia Natural". 

Este grupo de madres está en contra de cualquier elemento que consideran fuera de la naturaleza. Para ellas un hospital es como el noveno círculo del infierno de Dante y la figura del médico es equivalente a Belcebú. 

Su organización es parecida a la de una secta y entre sus dogmas de fe se encuentran el parto natural, el colecho, la lactancia y el porteo. Desprecian profundamente a las mujeres que han optado por la cesárea y juzgan como egoístas a las madres que por cualquier razón o circunstancia, dan biberón y/o fórmula a sus hijos. 

Esta organización es implacable y cuestiona la utilización de la mayoría de los objetos que forman parte de la vida moderna. 

La televisión, la cuna, el corral, la andadera, el chupón, entre muchos otros, son considerados elementos tóxicos y nocivos para el crecimiento natural de un infante. Consideran que la madre debe ser una teta gigante al servicio del niño y que todo el mundo debe girar en torno a esa nueva vida. 

Doy un salto. Un libro de mi oficina acaba de caer al piso sin razón aparente. Sé que me observan. Siento su presencia. Percibo el crujir de su ropa hecha de tejidos naturales. Huelo sus jabones orgánicos. Tengo miedo. No sé si deba seguir escribiendo esto. Quizás no he considerado de manera realista las represalias que este grupo pueda volcar sobre mí o sobre mi familia. Mi corazón late rápidamente. 

Pero paso saliva. Toco mi estómago y respiro hondo. Debo hacerlo. 

Debo hacerlo por mi hijo. Debo hacerlo por él y por todos los niños a los cuales les prohíben ver televisión los primeros dos años de su vida. Debo hacerlo por todos esos chiquitines a los cuales se les niega el derecho a utilizar juguetes comerciales y deben conformarse a utilizar pedazos de tela y piedritas. Debo hacerlo por los cientos de niños que no escuchan mimos y palabras chiqueadas; sino argumentos en voz pausada dirigidos para adultos incluso en las actividades más cotidianas: "Hola Pedro, en este momento me dispongo a cambiar tu pañal ya que te has cagado. Cagar es una actividad perfectamente natural, no debes avergonzarte". 

Pensarán que soy igual de intolerante ante estos grupos y ante su postura frente a la maternidad. No podrían estar más lejos de la realidad. He intentado conversar con estos grupos, conciliar puntos de vista, pero no hay forma: estás con ellas, o estás en su contra. 

¿Fue necesario realizarte una cesárea? Seguramente el Doctor era flojo y además quería cobrarte más. ¿No pudiste amamantar? Que no te baje la leche, el pezón volteado y la leche agria son solamente leyendas urbanas. ¿Se te ocurrió darle biberón al mismo tiempo que la teta? ¡Eso es una aberración! El niño se va a confundir y jamás querrá la teta de nuevo. ¿Utilizas cuna? Eso es como meterlo en una cárcel desde la infancia. 

Al estar embarazada tienes muchas preguntas, miedos y dudas. Lamentablemente, este grupo, en lugar de tranquilizarme, me ha hecho asustarme más. 

Pero no se equivoquen, esta no es la única Mafia de Madres que existe...






jueves, 3 de diciembre de 2015

Semana 12. Everyone is boring

Una de las cosas que se reduce al estar embarazada es tu vida social.
Como por arte de magia, todos tus amigos solteros o sin hijos, comienzan a verte como una especie de paria, como una persona que ha decidido abandonar su club de la peor manera posible. 

Te miran la panza con una especie de asco o lástima. Suspiran resignados asumiendo que tu vida se terminó. Dejan de escribirte mensajes o mandarte invitaciones. Te has convertido en un traidor. 

Tú quieres explicarles que sigues siendo la misma, tú te sigues sintiendo igual; pero ya no hay vuelta atrás. Desde el minuto que hiciste público tu diagnóstico hay una actividad muy importante que ya no puedes realizar con ellos: tomar. 

Dejar de tomar alcohol es sin duda lo más difícil de estar embarazada; y no es que yo tomara todos los días, o estuviera de fiesta cada fin de semana. 

No. Lo más difícil de dejar de tomar alcohol es que todo el mundo se vuelve aburrido. 

Recuerdo con nostalgia esas noches cuando de pronto miraba el reloj y decía: "No puedo creer que ya son las 2:00 am, que rápido se me pasó el tiempo". Ahora sucede lo contrario. Miro el reloj y me sorprendo al ver que apenas son las 10:15 pm y ya quiero darme un tiro de lo aburrida que estoy. Conclusión: tus amigos son proporcionalmente divertidos a la cantidad de alcohol que has ingerido esa noche. Todas esas conversaciones que te parecían brillantes, todas esas bromas que te parecieron divertidísimas, nunca existieron: todas y cada una de ellas fueron producto del alcohol. 

¿Qué hacer? Ya no sabes a que grupo perteneces. Te sientes perdida.Y entonces, en un intento desesperado, decides acercarte a un grupo que siempre te provocó urticaria: el grupo de mamás. 

Que poco preparada estaba yo para adentrarme en las profundidades de esta tribu urbana. 
Ni mis experiencias previas con hippies, emos, cooperantes, mirreyes, artistas y emprendedores me prepararon para los dogmas de fe que conforman estas sectas. Porque a diferencia de lo que pudiera pensarse, no es un solo grupo de mamás. No. Estos grupos son diferentes y opuestos entre si. Estos grupos están dispuestos a despedazarse con tal de tener la razón. Estos grupos son más cerrados que la mafia rusa. Pero esta información clasificada es tan abrumadora, que merece una entrada aparte. 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Semana 8. Lady, your TV is broken


Después del shock inicial, Jorge y yo decidimos tomar la noticia con cautela, no sabíamos si al final este embarazo inesperado "iba a pegar". 

Lo primero fue visitar a la ginecóloga, la misma que me había dicho que necesitaba una operación si en algún momento quería embarazarme. Le pregunté si habría algún tipo de indemnización de su parte o algo por el estilo. Ella se río, pensando que estaba bromeando. Al ver mi semblante serio, me miró y con voz pausada me dijo: Esto es un milagro. 
Yo soy atea y no creo en milagros, pero la frase de Santo Tomás "hasta no ver no creer" se ajustaba perfectamente a lo que estaba sintiendo, es decir: nada. 

Ni vómitos, ni mareos, ni antojos. Nada. 

Yo necesitaba una prueba, además de los exámenes de sangre de rigor, de que dentro de mí estaba creciendo algo, por lo que mi tía, la cual es Radióloga, se ofreció a realizarme un ultrasonido.

A la cita acudió Jorge, mi mamá, mi prima, la cual también es Doctora y obviamente yo, quien acostada y con el estómago embadurnado con un gel tibio, esperaba una prueba fehaciente de mi nuevo estado. 

De pronto, mi mama comenzó a llorar, mi prima dio un grito, y mi tía sonreía mientras todas miraban entusiasmadas una pantalla sobre la pared. Todo era algarabía y celebración a mi alrededor, mientras yo buscaba la mirada de Jorge, totalmente confundida. ¿Acaso todo el mundo se había vuelto loco? ¿Era esto una especia de complot? 

La pantalla mostraba una imagen gris, una especie de nieve como cuando la señal se va. Evidentemente, la televisión estaba descompuesta. ¿Por qué nadie podía verlo? 

O las mujeres de mi familia habían tomado una droga antes de entrar a la habitación o yo estaba de vuelta en la secundaria, cuando mis compañeras concentraban su atención en un punto fijo para ver surgir la imagen escondida en esos calendarios noventeros 3D. Todas podían ver al león o al oso cobrar vida, todas, excepto yo. 

¿No vas a llorar? decía mi prima. ¡Esto lo mandó tu abuela del cielo! gritaba mi madre entre sollozos. ¿Estás emocionada? me preguntó mi tía. Jorge me dirigió una mirada de complicidad, sabiendo perfectamente lo que estaba pensando. Me tomó de la mano y comprendiendo que mi honestidad iba a romperles el corazón, salió a mi rescate: ¡Si, está tan emocionada que ni siquiera puede hablar! 

Yo sonreí, de la manera más natural que pude y el matriarcado pronunció un prolongado ¡Ahhhhhh! de ternura. 

Comprendí que de ahora en adelante, todo gesto y palabra que dijera, toda frase y paso que diera, iba a estar embadurnado del halo angelical de la maternidad. 

Pero nada, ni nadie, me había preparado para lo que vendría en las semanas siguientes...


miércoles, 4 de noviembre de 2015

Semana 3. El buen humor

Extrañamente, estaba de muy buen humor.

Esa fue la primer señal de que algo andaba mal.

Se suponía que la regla me vendría en un par de días y hasta ese momento yo no había realizado ninguna de las acciones que cada mes se repiten como un ritual:

1. Enojarme con Jorge ante la menor provocación.
2. Llorar por cualquier acontecimiento inesperado, como puede ser no encontrar mi yogurt favorito en el supermercado o descubrir que mi perro tiene una garrapata.
3. Salir de la casa despavorida - con portazo de puerta incluido - afirmando que no estoy hecha para las relaciones de pareja.

No. Mi humor era excelente. Estaba tan de buenas que Jorge y yo decidimos ir al cine a ver la película francesa "Edén". Ese nombre debió haberme dado alguna pista: Libro del Génesis, Jardín de la Creación. Pero no, yo estaba muy distraída disfrutando la música de Daft Punk en el cine, por lo que no me di cuenta de los mensajes cósmicos.

Pero al salir, me percaté de que no sólo había disfrutado la película enormemente, sino que además no le había gritado a nadie en la sala por utilizar su smart phone. Algo andaba muy mal.

Le dije a Jorge que necesitábamos parar en la Farmacia más cercana. Bajé y compré la prueba de embarazo más cara.

De regreso a casa, Jorge me dijo que para que había gastado mi dinero, la ginecóloga había sido muy clara: a menos que me sometiera a una intervención quirúrgica, el embarazo estaba fuera de nuestras posibilidades.

Después de haber vivido en cinco países diferentes durante los últimos diez años, la idea de ser una pareja sin hijos parecía gustarnos. Ser los tíos cool que te llevan a conciertos no sonaba nada mal.

Entré al baño y gracias a la coca cola que me tomé en el cine no tuve ningún problema en orinar en la prueba de $280 pesos.

Esperé el tiempo que la caja indicaba, y entonces apareció un nítido mensaje: embarazada +3.

Salí corriendo del baño. Gritaba sin parar: ¡No manches, no manches, no manches! Me refugié en un rincón de la sala sin dejar de repetir la misma frase. Jorge había salido a fumar, completamente seguro de que la prueba saldría negativa. Al entrar y verme en ese estado, se dirigió al baño. Segundos después salió gritando: ¡No manches, no manches!, al igual que yo, pero él intercalaba esto último con la frase: ¡Pinchi Lore!. Se refugió en el otro rincón de la sala. Así permanecimos por largo rato, mientras Puno, nuestro perro, nos miraba sin interés.

Cuando nos calmamos, Jorge pronunció solemnemente: Hay que ir al doctor. Nos miramos y nos sentamos en el sillón, cada uno al lado de nuestro perro, quien suspiró y cerró los ojos.

Eso fue hace 16 semanas.




lunes, 3 de agosto de 2015

Odio los números


Nunca fui buena para las matemáticas.
Ni para las cuentas.
Los números eran algo frío y lejano para mi. Algo que no entendía bien y que me hacían perder el tiempo, tiempo preciado que quería aprovechar leyendo mis libros.

El día de hoy, odio los números aún más. Porque en México, hay cifras que han adquirido significado, y esos números fríos se convirtieron en cantidades dolorosas, imágenes de la impunidad que te dejan la boca seca y el estómago revuelto. Los números cobraron vida a través de la muerte.

Nos faltan 43. 
49 niños ABC.
22, 610 desaparecidos.

Y el día de hoy, Justicia para los 5.

Yo ya no quiero seguir contando.

Quiero volver a la inocencia de mis cuentos. Quiero ser capaz de olvidar los números. Pero es imposible. Los números son más poderosos que las letras. El número con sangre entra.



sábado, 25 de julio de 2015

La Intensa

“No seas intensa”. “Ya sabes cómo es acá”. “Ya no te enojes, mejor tómalo a broma”. “Aquí no es Nueva York”.
Esas son frases que he escuchado desde que regresé hace un mes y cinco días después de haber vivido dos años fuera de Guadalajara. 
Y estoy segura que las personas que me las dicen lo hacen con la mejor intención.
Pero creo que si en la historia de la humanidad no hubiéramos cuestionado lo establecido, si nos hubiéramos conformado con el estado de las cosas, muy probablemente las mujeres seguiríamos recogiendo frutos y los hombres cazando bisontes.
Está bien enojarse y pensar que las cosas podrían ser diferentes. En una época las mujeres no teníamos derecho al voto. En una época era impensable que las mujeres estudiaran una carrera o que tan siquiera pensaran en trabajar fuera del hogar. Hace no tantos años los matrimonios interraciales estaban prohibidos. Y el día de hoy en Guadalajara se celebra una marcha supuestamente a favor de los niños, no siendo otra cosa más que una marcha en contra de las uniones diversas organizada por un grupo de personas que promueve el odio y la discriminación.
No tengamos miedo de ser “intensos”.  
Y no me refiero a la intensidad solamente en redes sociales sino en nuestras conversaciones diarias con amigos y familiares. La sensibilización comienza en casa y cada acción cuenta.
Si mi amigo utiliza expresiones homofóbicas, racistas o clasistas, está bien hacérselo saber.
En una ciudad como Guadalajara, muy probablemente y para ser honesta,  te quedes sin el amigo.
Pero en el fondo ¿quién quiere tener un amigo homofóbico, racista y clasista? Yo no. 

lunes, 17 de noviembre de 2014

¿Y si no todos quieren ser Ayotzinapa?



El 26 de septiembre desaparecieron 43 normalistas. 

La gente se ha movilizado. Se le ha dado cobertura al tema a nivel nacional e internacional.
Se han recibido textos de apoyo de parte de intelectuales, políticos y activistas de todo el mundo.
En Nueva York, mi maestro de 95 años, el cual estuvo en la lista negra durante el Macartismo, me pregunta cada miércoles sobre los avances de la investigación. Mi compañero brasileño, dilmista de hueso colorado, me expresa su preocupación. Mi amiga danesa, la cual creció en una especie de comuna, sigue de cerca las noticias y me manda artículos sobre el tema. Todo el mundo está enterado y preocupado por la situación que se vive en mi país. 

Y yo les cuento, y les platico. Pero me siento culpable, porque hay algo que no les digo. Algo que me da mucha vergüenza confesar. Un secreto que incluye a algunos de mis conocidos, familiares y amigos.

En México, no todos quieren ser Ayotzinapa. 

En mi ciudad, hay gente que ya quiere que se deje de hablar del tema. En mi círculo de amigos, hay gente que piensa que los que salen a manifestarse son solamente unos revoltosos que deberían ponerse a trabajar. En mi familia, hay personas que ni siquiera se enteran de Ayotzinapa. El Buen Fin, y las celebraciones ocupan los temas de conversación. Existe también otro grupo de conocidos que ya se aburrió del tema. Que piensa que deberíamos dejar de hablar de "cosas feas". Hubo también algún pariente lejano, empleado del gobierno actual que me "aconsejó" dejar de compartir cosas en facebook respecto a los estudiantes desaparecidos. Obviamente no lo hice. Y hay todavía otro grupo más, que está molesto porque las manifestaciones causan mucho tráfico y dan muy mala imagen a la ciudad. 

Divide y vencerás. Algunos medios de comunicación se han encargado de desvirtuar las marchas. Se han encargado de hacer creer que son un grupo violento de personas que realizan actos terroristas. Y que son solamente una fracción mínima de la sociedad. Y obviamente, la clase media les ha creído. O quiere creerles, porque es más fácil. Es más sencillo estar en mi casa, platicando en el trabajo, tomando el café con las amigas, que asistiendo a una manifestación, eso es seguro. Si pienso que es peligroso asistir a manifestarme, automáticamente me quito la culpa y la responsabilidad.

Una amiga muy querida organizó una vigilia en su fraccionamiento para recordar a los desaparecidos. Solamente una vecina apareció. Y ellas dos, solas, con sus velas encendidas, recordaron a los desaparecidos, mientras el resto de las personas se quedaban a puerta cerrada viendo la televisión. 
Mi amiga me dijo que cuando organiza desayunos, las vecinas llegan por docenas.

Una amiga que vive en Suiza está buscando niñera en este momento para poder asistir a la manifestación en una ciudad aledaña. Y en México, nuestros padres, siguen hipnotizados viendo María Visión. Hacen oídos sordos a las palabras del Padre Solalinde, activistas y defensor de los Derechos Humanos. Es más fácil. 

Y eso es lo que no les digo cuando me preguntan, porque sinceramente, me da vergüenza que los extranjeros estén más enterados del tema que muchos mexicanos. Que muchos extranjeros estén más consternados por el tema que muchos mexicanos. Y es que, si no se indignan con estas cifras de desaparecidos, yo me pregunto ¿qué se necesita para que se indignen?.
¿Que una manifestación les impida la entrada al Centro Comercial? ¿Que le prendan fuego a los estudios de María Visión? ¿Es apatía? ¿Es miedo? ¿Es egoísmo?

Los estudiantes eran normalistas, y yo me pregunto ¿si hubieran desaparecido 43
estudiantes de una universidad privada, la gente se comportaría igual? 

Mi mamá siempre me dijo que tiendo a juzgar a la gente muy duramente, que espero mucho de ellos, que cada uno tiene una realidad y que no es posible tirar la primera piedra. Y se que tiene razón. No son todos los que se comportan así, pero si una alarmante mayoría de la población. Y si no estamos unidos en esto, no hay esperanza para el país.

Que se hable en el extranjero, que se le de cobertura, que no se olvide, pero lo más importante, que lo hablen los mexicanos, que se indignen los mexicanos. Nos están matando a nuestros jóvenes y preferimos mirar hacia otro lado. 

¿Que se necesita para que todos nos sintamos Ayotzinapa? No lo sé, la verdad, no tengo idea.







lunes, 1 de septiembre de 2014

Mr. Melon




A la vuelta de mi casa hay una tienda administrada por una familia china, llamada Mr. Melon. 
La tiendita es más bien un súper pequeño, bien iluminado y limpísimo. 

Normalmente intento comprar mis frutas y verduras en el mercado de productos orgánicos que se ubica cada sábado en el parque de Fort Greene, a unas cuantas cuadras de mi estudio en Clinton Hill, pero en este preciso instante, mi economía pasa por un momento tan crítico, que me resulta imposible comprar un delicioso, jugoso y voluptuoso tomate por tres dólares; cinco papas moradas por cuatro dólares  y tres duraznos de piel sedosa por seis dólares, por lo que decidí hacer mi compra en Mr. Melon, cuyos productos son infinitamente más baratos pero de muy buena calidad.

Me encontraba en estos menesteres, eligiendo mis verduras en la parte de afuera cuando una familia llegó al local. El papá, de unos cincuenta años, venía acompañado de cuatro niñas cuyas edades oscilaban entre los cinco y los diez años. Todas eran hermosas y de diferentes colores y sabores, como si la familia de Brad Pitt y Angelina Jolie hubiera llegado de pronto a Brooklyn. Todas le llamaban "Daddy" y él les respondía con un marcado acento británico. 

Me sorprendió lo bien educadas que estaban las niñas y la genuina emoción que mostraban al elegir una lechuga, algunos pimientos, e incluso coles de bruselas. ¿A qué niño le gusta comer verduras? pensé. Seguí haciendo mi compra, y mientras elegía unos jitomates, la niña mayor, la cual tenía unos rizos rubios hasta la cintura, le mostró a su padre una caja con fresas. El padre miró la caja con desdén y le dijo que no se la podía comprar. La niña preguntó la razón. El padre volvió a mirar la caja y le dijo que porque no eran orgánicas. La niña tomó la caja entre sus manos y le mostró al padre el sello que certificaba su autenticidad. El padre volvió a tomar la caja, y le gritó que esas fresas "parecían" orgánicas, pero que seguramente no eran orgánicas. La niña volvió a mirar la pequeña caja de fresas y con un hilo de voz le dijo a su padre que tenía muchas ganas de comer fresas. El padre tomó la caja de manera violenta y la estrelló arriba de los jitomates al tiempo que le gritaba un no definitivo. 

Miré a la niña viendo el piso, la canasta de la compra del padre llena de verduras que las niñas habían elegido. Le dirigí al padre una mirada de recriminación, tomé la caja de fresas y la puse en mi canasta. 

La niña no estaba pidiendo una bolsa de Doritos Nachos o una cajita feliz. Pero la decepción del padre hacia la hija mientras pagaban era como si le estuviera diciendo: "Vergüenza debería de darte. No has aprendido nada". Y pensé ¿qué es realmente lo que ese padre le está enseñando a sus hijas? 

Yo no soy madre y por eso me resulta muy fácil juzgar, pero imaginé a la niña, visitando la casa de alguna amiga del barrio. Sentándose a la mesa a comer lo que la madre o el padre de su amiga tardaron tiempo dinero y esfuerzo en preparar, la imaginé moviendo desconfiada la comida con el tenedor, preguntando: "¿Es esto orgánico? Porque mi papá solamente me deja comer comida orgánica" . La niña seguramente piensa que las personas que no compran productos orgánicos son malas y que los que no utilizan automóviles híbridos son irresponsables y quieren destruir el mundo.

Obviamente esto último es una suposición, y esto me hace convertirme en el padre, una persona que juzga las cosas bajo una escala de blanco y negro, bueno o malo. 

Hace tiempo acompañé a una amiga instructora de yoga, vegana hace muchos años, a comer a casa de sus tías abuelas. Las viejitas nos habían preparado un delicioso guisado... de res. Observé como mi amiga comía y se reía. Pasamos una velada inolvidable, y al salir, le pregunté porque no les había dicho que ella no comía carne. Me miró sorprendida y me dijo: "Lorena, ellas cocinaron esto con amor. Esta comida no me hará daño porque está hecha con las mejores intenciones. Energía positiva en el plato". Me quedé sorprendida por su profunda reflexión. 

Orgánico o no orgánico, carne o no carne, con hijos o sin hijos. La vida no son extremos, sino un complejo punto medio, una maravillosa escala de grises. Pienso esto mientras le doy una mordida a una fresa roja y jugosa. Está deliciosa.



lunes, 4 de agosto de 2014

I hate yoga


He tenido que reunir mucho coraje para poder escribir esta frase. He dado vueltas en la cama durante días, sin poder conciliar el sueño. Me he quedado mirando los azulejos del baño por largo rato, pero es que no puedo fingir más. Odio el yoga. 

En el mundo actual, decir esto me convierte en un ser horripilante al cual resulta difícil mirar. La gente se siente incómoda ante mi presencia, como cuando digo que no se si quiero tener hijos o que me encanta comerme el cuerito grasoso de las carnitas, esa parte chiclosa que todo el mundo aparta. Si, mírenme bien, soy un monstruo.

Mi tercer intento por practicar esta disciplina ocurrió hace dos semanas. 
Presionada por esta idea de que hay que experimentar cosas nuevas todo el tiempo, esta estigmatización del ocio en donde tienes que hacer algo interesante, divertido y diferente TODOS los días para que la vida valga la pena, decidí inscribirme a una clase de yoga en Central Park. 
¿Qué podría ser mejor que eso? La invitación me llegó por internet y en cinco minutos ya había pagado los diez dólares de cuota de recuperación.
Conforme el día de la clase se acercaba, una angustia se apoderaba de mi. ¿Y si pierdo los diez dólares? Tampoco es tanto dinero. Cometí el error de comentarle a mi marido sobre la clase, y él, con su a veces insoportable actitud optimista, me incentivó a asistir, y no sólo eso, para mostrarme "su apoyo" se fue pedaleando desde Brooklyn mientras yo me iba en metro. ¿Hay algo peor que un marido deportista? 

Llegué al lugar convenido y esperé detrás de un árbol. Un grupo pequeño de chicas empezaron a reunirse. Mi marido llegó, fresco como una lechuga y como no se había cansado, me dijo que daría un par de vueltas a Central Park, mientras yo iba a mi clase. Lo odié al mirar como se alejaba pedaleando felizmente, mientras yo sudaba copiosamente sin siquiera haber comenzado a moverme. Eran las 6 de la tarde y estábamos a 30 grados. Vislumbre un café cercano. Mi plan era refugiarme ahí mientras duraba la clase y mentirle a mi marido cuando regresara de su "feliz" paseo. 
 
De pronto, una amiga japonesa, Chie, llegó al grupo. ¡Una cara conocida! pensé. Corrí a saludarla y me confesó que era la primera vez que lo intentaba y que había estado a punto de desistir. Respiré aliviada. Ese era el tipo de apoyo que necesitaba. Alguien que fuera peor que yo. La maestra se paró frente al grupo. Como era de esperarse era joven, delgada y su cuerpo no tenía un gramo de grasa. Se movía con ese brillo que tienen las personas que disfrutan de una profunda paz interior. Nos sonrió y la clase comenzó. 
 
Ya es lo suficientemente difícil intentar que mi cuerpo se mueva, pero hacerlo siguiendo las instrucciones en inglés, tratando al mismo tiempo de ver a la maestra, era misión imposible. Pero eso no era todo, Chie, mi amiga, resultó ser increíblemente elástica. Odié su alimentación sana y su cuerpo menudo. Era yo sola frente al mundo, o mejor dicho, frente a la clase. 
 
La instructora pasaba de una posición a otra sin ninguna pausa, e incluso, al final de cada secuencia, se atrevía a decir: "Now rest in down dog position". ¿Rest?  ¿Sabe esa mujer el significado de la palabra descansar? Descansar es ver toda la temporada de tu serie favorita de un tirón, mientras comes botana y tomas cerveza. Nada que ver con esta tortura auto impuesta. En esta posición, mire a mi alrededor entre el hueco de mis piernas.  Todas eran mejores que yo y parecía que lo estaban disfrutando. Los músculos tonificados de la instructora me recordaban a todo momento que había sido un error asistir. Pero era muy tarde para escapar. Observé a Chie hacer el arco, a la rusa de la fila de atrás pararse de cabeza, mientras yo parecía un jeroglífico al que daba un poco de pena observar. 

Cerramos los ojos y respiramos. Esa fue la mejor parte. Por fin pude relajarme. Y es verdad, pude sentir cada uno de los músculos de mi cuerpo. Músculos que probablemente no se habían movido hace años. La maestra aplicó una especie de aceite en mis hombros, el cual olía a bosque y a paz. También un poco a Vick Vaporub. 
 
Cuando abrí los ojos era otra. Respiré aliviada. La tortura había terminado. 
 
Tengo amigas que practican yoga. Tengo amigas que son instructoras de yoga, las cuales nunca tratan de convencerte de que practiques yoga. Ellas lo hacen porque las hace felices.Y entonces descubrí que de eso se trata, de hacer las cosas que te hagan feliz, no lo que está de moda.

A mi me gusta caminar. Puedo caminar por la ciudad durante horas, sin cansarme. Puedo pararme en un parque y escribir, también durante horas. Puedo subir a un vagón de metro y leer, también durante horas. Puedo hornear y cocinar todo el día para recibir amigos. Y eso es lo que me relaja, ese es mi nirvana.

Odio el yoga y me gustan las carnitas, so sue me.




 
 


jueves, 26 de junio de 2014

Estereotipos


Y si.
No me puedo aguantar.
Pero como siempre me pasa, no puedo contenerme y tengo que hablar cuando nadie está pidiendo mi opinión. 

Hace unas semanas estaba en la sala de espera para tomar mi vuelo de regreso a la ciudad de Nueva York. En la fila para entregar el pase de abordar, una chica se dirigió a mi y comenzó a hablarme en inglés. Yo le respondí en español. La pasajera me miró y me preguntó: ¿Hablas español?. "Si, soy mexicana". A lo que la joven, de unos 25 años, inmediatamente me respondió: "No. Tú no eres mexicana". Me dio curiosidad y le pregunté que como tenían que ser los mexicanos. Mirándome fíjamente, afirmó: "No se, pero no son como tú". Miré el pasaporte norteamericano que tenía en sus manos. Me dijo que era de Puebla y llevaba quince años viviendo en los Estados Unidos. Sonriendo, le dije que su comentario me parecía un poco racista. Ella argumentó, como quien conoce mucho del tema, que racismo habría sido si me hubiera dicho morena.

Mi abuela dice que "tengo una blancura que ofende" ¿me hace eso menos mexicana? o mejor dicho,
¿qué tengo que hacer para ser considerada mexicana ante los ojos de los demás?

Amo mi país. Amo su historia, sus playas, su comida, sus artesanías. Amo la calidez de la gente y la manera tan ingeniosa que tenemos de resolver los problemas cuando parece que no hay ninguna solución. Amo nuestra diversidad geográfica, nuestra música. Pero haga lo que haga, parece que no encajo.

¿Para que no me ataquen ni me tachen de "poco mexicana", debo estar de acuerdo con la idea de que la palabra puto representa nuestras tradiciones, nuestro folclore? 

Me rehuso a pensar que ser mexicano significa ser violento, discriminar al que es diferente, querer hacer siempre mi voluntad sin pensar en el otro, dañar la propiedad ajena en nombre de una celebración, ser tranza, estar a favor del machismo. 

Cientos de personas que jamás se involucran en asuntos que realmente afectan a la sociedad mexicana, se manifiestan fervientemente a favor de su "derecho" a  gritar el término homofóbico.

"Así somos los mexicanos". "En México se usa esa palabra todo el tiempo y nadie la hace de pedo". "A nosotros nadie nos dice lo que tenemos que hacer". 

La gente se manifiesta como si la FIFA nos quisiera arrebatar nuestra soberanía nacional.  Nuestro derecho a expresarnos "como mexicanos". Y en este mismo momento, en el congreso, se aprueban leyes que si nos roban nuestra soberanía nacional, que van en contra de los derechos individuales. Pero contra eso, curiosamente, la gente no se manifiesta.¿Será eso lo que me hace menos mexicana?

Quizás si me pongo autobronceador. Quizás si le doy "me gusta" al grupo eeeeeeeeeee puto de facebook, la gente pensará que si quiero a mi país, que si estoy comprometida con las causas más importantes, que si soy alegre, que no soy una aburrida. Quizás si voy a misa los domingos, y me manifiesto abiertamente en contra de las parejas del mismo sexo. Quizás si sonrío cada vez que un hombre me grita por la calle, quizás si acepto que es mi culpa que me griten porque llevo ropa provocativa. Quizás si digo que mi país es el mejor del mundo, sin aceptar las cosas que se pueden mejorar. Quizás si afirmo que nuestra cocina es la mejor, y me quejo en todas partes del mundo cuando algo no está "picoso". Quizás si me deprimo cada vez que estoy lejos y no me intereso por la historia de otros lugares. Quizás si sólo veo el noticiero de López Dóriga y compro la Tv Notas cada semana. Quizás si salgo a festejar los triunfos de la selección mexicana, en lugar de ir a las manifestaciones. 

Quizás ese día, podré, finalmente ser considerada una buena mexicana, aunque haya nacido blanca.







miércoles, 19 de marzo de 2014

Cat Power y el pasado.

Escribir.
Tengo que escribir.
Revisar las primeras treinta páginas de un guión de largometraje.
Escribir las siguientes treinta. 
Escribir un tratamiento de quince páginas para otro guión. 
Y no puedo. O no quiero. Un pan con queso. Si. Una galleta con chispas de chocolate. 
La atmósfera me lleva a otra época de mi vida. Casi puedo sentir el miedo en el aire. Una ansiedad viscosa que me deja inmóvil. Y entonces pienso en ella. 
Mi primer concierto de Cat Power. 
Chan Marshall en Williamsburg. El frío en la fila antes de entrar. La emoción. Las ganas de ir al baño pero no quererme mover de mi lugar. Salió dos horas tarde. Pero no me importó. Era ella, una guitarra y un piano. 
Su voz invadió el recinto y las lágrimas cubrieron mis mejillas al recordar errores, al darme cuenta de que el pasado no se puede cambiar y que somos el resultado de nuestras decisiones. 
Chan se sentó al piano y entonces sucedió. Dijo no recordar que canciones iba a cantar. Dijo que lo sentía mucho, pero que había olvidado su lista. La gente le gritaba los nombres de las canciones que quería escuchar. Ella los miraba y se disculpaba de nuevo. Ya no sabía como tocar esa canción, lo había olvidado. En lugar de una cerveza, tomaba una taza de te, y miraba a la audiencia, aterrada. 
Como yo, ella también tenía miedo. Pero yo podía esconderme entre la multitud. Ella no. 
Comenzaba una canción y de pronto se paraba en seco, disculpándose otra vez. 
De nuevo la guitarra. Su voz. Si no fuera por la voz, habría pensado que la persona frente a mi no era Cat Power. Cabello corto y descuidado. Sobrepeso. Mejillas rosadas y sudor abundante. Parecía más bien la cajera de algún supermercado perdido en el centro del país. Y de nuevo, interrumpió la canción. 
Un ser humano frágil y aterrado se mostraba frente a nosotros, diciendo: "No puedo hacer esto, pero por favor, no se vayan". Pero la gente no escuchó su clamor, y cansados de tantas disculpas, de tantos errores, comenzaron a irse. Y yo la veía, e intentaba que nuestros ojos se cruzaran, para decirle que yo la entendía, que en una época yo también tuve miedo y con tal de no quedarme sola, me quedé cantando en medio del escenario, actuando y tratando de complacer a una audiencia a la cual yo no le importaba. 
Chan Marshall dejó de tomar hace un tiempo y es mucho más fácil enfrentarte a tus demonios con la ayuda del alcohol. Lo difícil, es enfrentarlos sobria. Nosotros, los asistentes, como sanguijuelas, solamente queríamos succionarle su música, no importa el precio que Chan tenga que pagar. La preferimos borracha, pero cantando.
Quedamos alrededor de cien personas en el lugar. Nos acercamos al escenario y ella seguía cantando lo que podía. Lo que recordaba. Repetía canciones. Pero me quedé hasta el final. 
Porque yo no iba a ser como las personas de esa época. No. Yo no soy de esas personas que te abandonan cuando la fiesta termina y las luces se encienden y hay que mirarse los unos a los otros, con el rimel corrido y el remordimiento a flor de piel. No. Yo me quedé hasta que Cat Power terminó.

domingo, 27 de octubre de 2013


Black is bad.
I cannot talk about black people.
I apologize about that term, I wanted to say African Americans. The reason is we don’t have African Americans in Mexico. You know, they would still be called African Americans if they were born in Mexico, because Mexico is in America -the continent- more specifically, in North America. So, I am not allowed to talk about African American culture, and I have learned that I am not even allowed to say the word black. I have learned that in just one month. You must forgive me, I’ve found that talking in NY is the most complicated thing, not just because of the language, but because of the things I cannot say because I may- or may not- be offending someone. It is complicated. I cannot say black. I cannot say white either. So I have to find a way to describe a person but I cannot talk about their height either, or their weight, or their hair. I have to pretend to be blind. And for me, that’s very complicated.
To define a person, or to define you as a person in America –the country- is very complicated. I don’t know who I am anymore! I don’t know if I’m Hispanic, or Latin, I just know I’m Mexican. I’m white (sorry if I offend anyone with that affirmation) but I don’t know where I come from. My blood is Indigenous, Spanish, Arabic – because of the 5 centuries the Moors occupied Spain- so when someone says: “I am Polish-Irish-Jewish” I just think to myself “Wow, they must really know themselves” or, that maybe, just maybe, knowing where you come from is extremely important in this country.
I am just Mexican. All kinds of traditions mixed on a melting pot. We have people of every color and flavor, we have a lot of brown people too. Excuse me, I don’t know if brown is a bad word too. I don’t know what’s the problem with color in this country.
So, I cannot talk about the African American culture. I can only talk about my landlord. He is young and tall and when he talks the words sound like silk. He has such a low voice tone that hearing him in the hallway makes me feel warm in my heart. He dances when he explains things, and on Summer nights, he and his family use to sit on the porch and enjoy the little breeze. I have three churches on my street and on Sunday, I am delighted by the beautiful clothes the people wear. I am so lucky that I can listen to the songs, even inside my own apartment, which makes me happy.
But in just a month, I have learned that I am not supposed to talk about that. In a month, I have learned that I have to pretend to be blind, and that is better to be quiet, or people may get offended.
My neighbor wanted to ask me if I wrote in English or Spanish, but instead of Spanish she said “Mexican”. She was so embarrassed. And I thought to myself: Why would I be offended because someone said I write in Mexican?
Maybe Mexican is a bad word too in America. I’m sorry, I’m still learning.