jueves, 3 de diciembre de 2015

Semana 12. Everyone is boring

Una de las cosas que se reduce al estar embarazada es tu vida social.
Como por arte de magia, todos tus amigos solteros o sin hijos, comienzan a verte como una especie de paria, como una persona que ha decidido abandonar su club de la peor manera posible. 

Te miran la panza con una especie de asco o lástima. Suspiran resignados asumiendo que tu vida se terminó. Dejan de escribirte mensajes o mandarte invitaciones. Te has convertido en un traidor. 

Tú quieres explicarles que sigues siendo la misma, tú te sigues sintiendo igual; pero ya no hay vuelta atrás. Desde el minuto que hiciste público tu diagnóstico hay una actividad muy importante que ya no puedes realizar con ellos: tomar. 

Dejar de tomar alcohol es sin duda lo más difícil de estar embarazada; y no es que yo tomara todos los días, o estuviera de fiesta cada fin de semana. 

No. Lo más difícil de dejar de tomar alcohol es que todo el mundo se vuelve aburrido. 

Recuerdo con nostalgia esas noches cuando de pronto miraba el reloj y decía: "No puedo creer que ya son las 2:00 am, que rápido se me pasó el tiempo". Ahora sucede lo contrario. Miro el reloj y me sorprendo al ver que apenas son las 10:15 pm y ya quiero darme un tiro de lo aburrida que estoy. Conclusión: tus amigos son proporcionalmente divertidos a la cantidad de alcohol que has ingerido esa noche. Todas esas conversaciones que te parecían brillantes, todas esas bromas que te parecieron divertidísimas, nunca existieron: todas y cada una de ellas fueron producto del alcohol. 

¿Qué hacer? Ya no sabes a que grupo perteneces. Te sientes perdida.Y entonces, en un intento desesperado, decides acercarte a un grupo que siempre te provocó urticaria: el grupo de mamás. 

Que poco preparada estaba yo para adentrarme en las profundidades de esta tribu urbana. 
Ni mis experiencias previas con hippies, emos, cooperantes, mirreyes, artistas y emprendedores me prepararon para los dogmas de fe que conforman estas sectas. Porque a diferencia de lo que pudiera pensarse, no es un solo grupo de mamás. No. Estos grupos son diferentes y opuestos entre si. Estos grupos están dispuestos a despedazarse con tal de tener la razón. Estos grupos son más cerrados que la mafia rusa. Pero esta información clasificada es tan abrumadora, que merece una entrada aparte. 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Semana 8. Lady, your TV is broken


Después del shock inicial, Jorge y yo decidimos tomar la noticia con cautela, no sabíamos si al final este embarazo inesperado "iba a pegar". 

Lo primero fue visitar a la ginecóloga, la misma que me había dicho que necesitaba una operación si en algún momento quería embarazarme. Le pregunté si habría algún tipo de indemnización de su parte o algo por el estilo. Ella se río, pensando que estaba bromeando. Al ver mi semblante serio, me miró y con voz pausada me dijo: Esto es un milagro. 
Yo soy atea y no creo en milagros, pero la frase de Santo Tomás "hasta no ver no creer" se ajustaba perfectamente a lo que estaba sintiendo, es decir: nada. 

Ni vómitos, ni mareos, ni antojos. Nada. 

Yo necesitaba una prueba, además de los exámenes de sangre de rigor, de que dentro de mí estaba creciendo algo, por lo que mi tía, la cual es Radióloga, se ofreció a realizarme un ultrasonido.

A la cita acudió Jorge, mi mamá, mi prima, la cual también es Doctora y obviamente yo, quien acostada y con el estómago embadurnado con un gel tibio, esperaba una prueba fehaciente de mi nuevo estado. 

De pronto, mi mama comenzó a llorar, mi prima dio un grito, y mi tía sonreía mientras todas miraban entusiasmadas una pantalla sobre la pared. Todo era algarabía y celebración a mi alrededor, mientras yo buscaba la mirada de Jorge, totalmente confundida. ¿Acaso todo el mundo se había vuelto loco? ¿Era esto una especia de complot? 

La pantalla mostraba una imagen gris, una especie de nieve como cuando la señal se va. Evidentemente, la televisión estaba descompuesta. ¿Por qué nadie podía verlo? 

O las mujeres de mi familia habían tomado una droga antes de entrar a la habitación o yo estaba de vuelta en la secundaria, cuando mis compañeras concentraban su atención en un punto fijo para ver surgir la imagen escondida en esos calendarios noventeros 3D. Todas podían ver al león o al oso cobrar vida, todas, excepto yo. 

¿No vas a llorar? decía mi prima. ¡Esto lo mandó tu abuela del cielo! gritaba mi madre entre sollozos. ¿Estás emocionada? me preguntó mi tía. Jorge me dirigió una mirada de complicidad, sabiendo perfectamente lo que estaba pensando. Me tomó de la mano y comprendiendo que mi honestidad iba a romperles el corazón, salió a mi rescate: ¡Si, está tan emocionada que ni siquiera puede hablar! 

Yo sonreí, de la manera más natural que pude y el matriarcado pronunció un prolongado ¡Ahhhhhh! de ternura. 

Comprendí que de ahora en adelante, todo gesto y palabra que dijera, toda frase y paso que diera, iba a estar embadurnado del halo angelical de la maternidad. 

Pero nada, ni nadie, me había preparado para lo que vendría en las semanas siguientes...


miércoles, 4 de noviembre de 2015

Semana 3. El buen humor

Extrañamente, estaba de muy buen humor.

Esa fue la primer señal de que algo andaba mal.

Se suponía que la regla me vendría en un par de días y hasta ese momento yo no había realizado ninguna de las acciones que cada mes se repiten como un ritual:

1. Enojarme con Jorge ante la menor provocación.
2. Llorar por cualquier acontecimiento inesperado, como puede ser no encontrar mi yogurt favorito en el supermercado o descubrir que mi perro tiene una garrapata.
3. Salir de la casa despavorida - con portazo de puerta incluido - afirmando que no estoy hecha para las relaciones de pareja.

No. Mi humor era excelente. Estaba tan de buenas que Jorge y yo decidimos ir al cine a ver la película francesa "Edén". Ese nombre debió haberme dado alguna pista: Libro del Génesis, Jardín de la Creación. Pero no, yo estaba muy distraída disfrutando la música de Daft Punk en el cine, por lo que no me di cuenta de los mensajes cósmicos.

Pero al salir, me percaté de que no sólo había disfrutado la película enormemente, sino que además no le había gritado a nadie en la sala por utilizar su smart phone. Algo andaba muy mal.

Le dije a Jorge que necesitábamos parar en la Farmacia más cercana. Bajé y compré la prueba de embarazo más cara.

De regreso a casa, Jorge me dijo que para que había gastado mi dinero, la ginecóloga había sido muy clara: a menos que me sometiera a una intervención quirúrgica, el embarazo estaba fuera de nuestras posibilidades.

Después de haber vivido en cinco países diferentes durante los últimos diez años, la idea de ser una pareja sin hijos parecía gustarnos. Ser los tíos cool que te llevan a conciertos no sonaba nada mal.

Entré al baño y gracias a la coca cola que me tomé en el cine no tuve ningún problema en orinar en la prueba de $280 pesos.

Esperé el tiempo que la caja indicaba, y entonces apareció un nítido mensaje: embarazada +3.

Salí corriendo del baño. Gritaba sin parar: ¡No manches, no manches, no manches! Me refugié en un rincón de la sala sin dejar de repetir la misma frase. Jorge había salido a fumar, completamente seguro de que la prueba saldría negativa. Al entrar y verme en ese estado, se dirigió al baño. Segundos después salió gritando: ¡No manches, no manches!, al igual que yo, pero él intercalaba esto último con la frase: ¡Pinchi Lore!. Se refugió en el otro rincón de la sala. Así permanecimos por largo rato, mientras Puno, nuestro perro, nos miraba sin interés.

Cuando nos calmamos, Jorge pronunció solemnemente: Hay que ir al doctor. Nos miramos y nos sentamos en el sillón, cada uno al lado de nuestro perro, quien suspiró y cerró los ojos.

Eso fue hace 16 semanas.




lunes, 3 de agosto de 2015

Odio los números


Nunca fui buena para las matemáticas.
Ni para las cuentas.
Los números eran algo frío y lejano para mi. Algo que no entendía bien y que me hacían perder el tiempo, tiempo preciado que quería aprovechar leyendo mis libros.

El día de hoy, odio los números aún más. Porque en México, hay cifras que han adquirido significado, y esos números fríos se convirtieron en cantidades dolorosas, imágenes de la impunidad que te dejan la boca seca y el estómago revuelto. Los números cobraron vida a través de la muerte.

Nos faltan 43. 
49 niños ABC.
22, 610 desaparecidos.

Y el día de hoy, Justicia para los 5.

Yo ya no quiero seguir contando.

Quiero volver a la inocencia de mis cuentos. Quiero ser capaz de olvidar los números. Pero es imposible. Los números son más poderosos que las letras. El número con sangre entra.



sábado, 25 de julio de 2015

La Intensa

“No seas intensa”. “Ya sabes cómo es acá”. “Ya no te enojes, mejor tómalo a broma”. “Aquí no es Nueva York”.
Esas son frases que he escuchado desde que regresé hace un mes y cinco días después de haber vivido dos años fuera de Guadalajara. 
Y estoy segura que las personas que me las dicen lo hacen con la mejor intención.
Pero creo que si en la historia de la humanidad no hubiéramos cuestionado lo establecido, si nos hubiéramos conformado con el estado de las cosas, muy probablemente las mujeres seguiríamos recogiendo frutos y los hombres cazando bisontes.
Está bien enojarse y pensar que las cosas podrían ser diferentes. En una época las mujeres no teníamos derecho al voto. En una época era impensable que las mujeres estudiaran una carrera o que tan siquiera pensaran en trabajar fuera del hogar. Hace no tantos años los matrimonios interraciales estaban prohibidos. Y el día de hoy en Guadalajara se celebra una marcha supuestamente a favor de los niños, no siendo otra cosa más que una marcha en contra de las uniones diversas organizada por un grupo de personas que promueve el odio y la discriminación.
No tengamos miedo de ser “intensos”.  
Y no me refiero a la intensidad solamente en redes sociales sino en nuestras conversaciones diarias con amigos y familiares. La sensibilización comienza en casa y cada acción cuenta.
Si mi amigo utiliza expresiones homofóbicas, racistas o clasistas, está bien hacérselo saber.
En una ciudad como Guadalajara, muy probablemente y para ser honesta,  te quedes sin el amigo.
Pero en el fondo ¿quién quiere tener un amigo homofóbico, racista y clasista? Yo no. 

lunes, 17 de noviembre de 2014

¿Y si no todos quieren ser Ayotzinapa?



El 26 de septiembre desaparecieron 43 normalistas. 

La gente se ha movilizado. Se le ha dado cobertura al tema a nivel nacional e internacional.
Se han recibido textos de apoyo de parte de intelectuales, políticos y activistas de todo el mundo.
En Nueva York, mi maestro de 95 años, el cual estuvo en la lista negra durante el Macartismo, me pregunta cada miércoles sobre los avances de la investigación. Mi compañero brasileño, dilmista de hueso colorado, me expresa su preocupación. Mi amiga danesa, la cual creció en una especie de comuna, sigue de cerca las noticias y me manda artículos sobre el tema. Todo el mundo está enterado y preocupado por la situación que se vive en mi país. 

Y yo les cuento, y les platico. Pero me siento culpable, porque hay algo que no les digo. Algo que me da mucha vergüenza confesar. Un secreto que incluye a algunos de mis conocidos, familiares y amigos.

En México, no todos quieren ser Ayotzinapa. 

En mi ciudad, hay gente que ya quiere que se deje de hablar del tema. En mi círculo de amigos, hay gente que piensa que los que salen a manifestarse son solamente unos revoltosos que deberían ponerse a trabajar. En mi familia, hay personas que ni siquiera se enteran de Ayotzinapa. El Buen Fin, y las celebraciones ocupan los temas de conversación. Existe también otro grupo de conocidos que ya se aburrió del tema. Que piensa que deberíamos dejar de hablar de "cosas feas". Hubo también algún pariente lejano, empleado del gobierno actual que me "aconsejó" dejar de compartir cosas en facebook respecto a los estudiantes desaparecidos. Obviamente no lo hice. Y hay todavía otro grupo más, que está molesto porque las manifestaciones causan mucho tráfico y dan muy mala imagen a la ciudad. 

Divide y vencerás. Algunos medios de comunicación se han encargado de desvirtuar las marchas. Se han encargado de hacer creer que son un grupo violento de personas que realizan actos terroristas. Y que son solamente una fracción mínima de la sociedad. Y obviamente, la clase media les ha creído. O quiere creerles, porque es más fácil. Es más sencillo estar en mi casa, platicando en el trabajo, tomando el café con las amigas, que asistiendo a una manifestación, eso es seguro. Si pienso que es peligroso asistir a manifestarme, automáticamente me quito la culpa y la responsabilidad.

Una amiga muy querida organizó una vigilia en su fraccionamiento para recordar a los desaparecidos. Solamente una vecina apareció. Y ellas dos, solas, con sus velas encendidas, recordaron a los desaparecidos, mientras el resto de las personas se quedaban a puerta cerrada viendo la televisión. 
Mi amiga me dijo que cuando organiza desayunos, las vecinas llegan por docenas.

Una amiga que vive en Suiza está buscando niñera en este momento para poder asistir a la manifestación en una ciudad aledaña. Y en México, nuestros padres, siguen hipnotizados viendo María Visión. Hacen oídos sordos a las palabras del Padre Solalinde, activistas y defensor de los Derechos Humanos. Es más fácil. 

Y eso es lo que no les digo cuando me preguntan, porque sinceramente, me da vergüenza que los extranjeros estén más enterados del tema que muchos mexicanos. Que muchos extranjeros estén más consternados por el tema que muchos mexicanos. Y es que, si no se indignan con estas cifras de desaparecidos, yo me pregunto ¿qué se necesita para que se indignen?.
¿Que una manifestación les impida la entrada al Centro Comercial? ¿Que le prendan fuego a los estudios de María Visión? ¿Es apatía? ¿Es miedo? ¿Es egoísmo?

Los estudiantes eran normalistas, y yo me pregunto ¿si hubieran desaparecido 43
estudiantes de una universidad privada, la gente se comportaría igual? 

Mi mamá siempre me dijo que tiendo a juzgar a la gente muy duramente, que espero mucho de ellos, que cada uno tiene una realidad y que no es posible tirar la primera piedra. Y se que tiene razón. No son todos los que se comportan así, pero si una alarmante mayoría de la población. Y si no estamos unidos en esto, no hay esperanza para el país.

Que se hable en el extranjero, que se le de cobertura, que no se olvide, pero lo más importante, que lo hablen los mexicanos, que se indignen los mexicanos. Nos están matando a nuestros jóvenes y preferimos mirar hacia otro lado. 

¿Que se necesita para que todos nos sintamos Ayotzinapa? No lo sé, la verdad, no tengo idea.







lunes, 1 de septiembre de 2014

Mr. Melon




A la vuelta de mi casa hay una tienda administrada por una familia china, llamada Mr. Melon. 
La tiendita es más bien un súper pequeño, bien iluminado y limpísimo. 

Normalmente intento comprar mis frutas y verduras en el mercado de productos orgánicos que se ubica cada sábado en el parque de Fort Greene, a unas cuantas cuadras de mi estudio en Clinton Hill, pero en este preciso instante, mi economía pasa por un momento tan crítico, que me resulta imposible comprar un delicioso, jugoso y voluptuoso tomate por tres dólares; cinco papas moradas por cuatro dólares  y tres duraznos de piel sedosa por seis dólares, por lo que decidí hacer mi compra en Mr. Melon, cuyos productos son infinitamente más baratos pero de muy buena calidad.

Me encontraba en estos menesteres, eligiendo mis verduras en la parte de afuera cuando una familia llegó al local. El papá, de unos cincuenta años, venía acompañado de cuatro niñas cuyas edades oscilaban entre los cinco y los diez años. Todas eran hermosas y de diferentes colores y sabores, como si la familia de Brad Pitt y Angelina Jolie hubiera llegado de pronto a Brooklyn. Todas le llamaban "Daddy" y él les respondía con un marcado acento británico. 

Me sorprendió lo bien educadas que estaban las niñas y la genuina emoción que mostraban al elegir una lechuga, algunos pimientos, e incluso coles de bruselas. ¿A qué niño le gusta comer verduras? pensé. Seguí haciendo mi compra, y mientras elegía unos jitomates, la niña mayor, la cual tenía unos rizos rubios hasta la cintura, le mostró a su padre una caja con fresas. El padre miró la caja con desdén y le dijo que no se la podía comprar. La niña preguntó la razón. El padre volvió a mirar la caja y le dijo que porque no eran orgánicas. La niña tomó la caja entre sus manos y le mostró al padre el sello que certificaba su autenticidad. El padre volvió a tomar la caja, y le gritó que esas fresas "parecían" orgánicas, pero que seguramente no eran orgánicas. La niña volvió a mirar la pequeña caja de fresas y con un hilo de voz le dijo a su padre que tenía muchas ganas de comer fresas. El padre tomó la caja de manera violenta y la estrelló arriba de los jitomates al tiempo que le gritaba un no definitivo. 

Miré a la niña viendo el piso, la canasta de la compra del padre llena de verduras que las niñas habían elegido. Le dirigí al padre una mirada de recriminación, tomé la caja de fresas y la puse en mi canasta. 

La niña no estaba pidiendo una bolsa de Doritos Nachos o una cajita feliz. Pero la decepción del padre hacia la hija mientras pagaban era como si le estuviera diciendo: "Vergüenza debería de darte. No has aprendido nada". Y pensé ¿qué es realmente lo que ese padre le está enseñando a sus hijas? 

Yo no soy madre y por eso me resulta muy fácil juzgar, pero imaginé a la niña, visitando la casa de alguna amiga del barrio. Sentándose a la mesa a comer lo que la madre o el padre de su amiga tardaron tiempo dinero y esfuerzo en preparar, la imaginé moviendo desconfiada la comida con el tenedor, preguntando: "¿Es esto orgánico? Porque mi papá solamente me deja comer comida orgánica" . La niña seguramente piensa que las personas que no compran productos orgánicos son malas y que los que no utilizan automóviles híbridos son irresponsables y quieren destruir el mundo.

Obviamente esto último es una suposición, y esto me hace convertirme en el padre, una persona que juzga las cosas bajo una escala de blanco y negro, bueno o malo. 

Hace tiempo acompañé a una amiga instructora de yoga, vegana hace muchos años, a comer a casa de sus tías abuelas. Las viejitas nos habían preparado un delicioso guisado... de res. Observé como mi amiga comía y se reía. Pasamos una velada inolvidable, y al salir, le pregunté porque no les había dicho que ella no comía carne. Me miró sorprendida y me dijo: "Lorena, ellas cocinaron esto con amor. Esta comida no me hará daño porque está hecha con las mejores intenciones. Energía positiva en el plato". Me quedé sorprendida por su profunda reflexión. 

Orgánico o no orgánico, carne o no carne, con hijos o sin hijos. La vida no son extremos, sino un complejo punto medio, una maravillosa escala de grises. Pienso esto mientras le doy una mordida a una fresa roja y jugosa. Está deliciosa.